Cuando el Polaco me convocó para trabajar en El jugador (Dostoievski) pensé que iba a ser una nueva oferta laboral y nada más. Nada más lejos de eso. Se produjo algo que suele darse en los actores cuando se tiene la misma sintonía: descubrimos que actuar era esencial para nuestra existencia.
Esa percepción se tradujo en algo que llamo visión de equipo. Siendo su proyecto y su teatro, me fui internando en ese sueño que compartí inmediatamente, y descubrí una actividad que entendía hacía falta: la metodología de una producción. Encontré la forma de administrar las potencialidades del grupo, y puse un saber a disposición.
Por aprendizajes previos de mi carrera de Letras y otras actividades laborales, incursioné en la investigación literaria, autor y textos; propuse la formulación de un método en el armado de los proyectos, los pasos y procedimientos para el acceso y articulación de sus dispositivos; e intenté que éstos se estructuren en un formato adecuado para ser presentado a instituciones, empresas, nuestros agentes de prensa, y ante nosotros mismos. Empecé a trabajar en la forma de presentación, y más tarde en la organización para realizar las producciones.
Conseguir los aportes económicos necesarios es todo un tema: aún las empresas no advierten el valor de los bienes simbólicos para ofrecerlos a su cartera de clientes. En ese sentido, el Estado visualizó la importancia de invertir cualitativamente, y así diversificar la oferta cultural para la comunidad.
Conté siempre con la generosa ayuda del Polaco, y el apoyo de Alfred. Sin ellos nada hubiera podido hacer. Les agradezco haberme dejado concretar lo que creía necesario, aprender una actividad nueva que había realizado intuitivamente y que en estos últimos años, me atrevo a decir, lo hago de modo profesional. Es muy difícil, especialmente cuando se trabaja también como actriz en esos mismos proyectos.
Todos los directores y compañeros con los que trabajé supieron las dificultades de producción, casi siempre económicas, y comprendieron el equilibrio de mi posición en la que debo estar de los dos lados del mostrador. Pero trabajar en equipo es maravilloso, considerando que construimos ficciones que para mí son la realidad. Si tuviera que definir mi trabajo diría: hacedora de fantasías, constructora de realidades.
Por suerte y por convicción tuve la constancia de trabajar con grandes autores de repertorio universal. Pero me daba cuenta de que no me bastaban los pocos meses de ensayo para comprender la trascendencia de las obras en cuestión y la magnitud de sus personajes.
En toda gran obra viene unido un gran personaje, buscaba un sistema para poder acceder y aprehender la magnitud que enunciaban estos autores y sus personajes. Encontré el modo de internarme en las profundidades de sus creaciones, indagando en la fibra de sus palabras, y en los trayectos complejos de esas tramas.
Este trabajo fue el de adaptar las obras, imaginarlas, recrearlas, sentirlas. Fue así como me animé a hacer mi primera adaptación, que fue Becket o el honor de Dios de Anohill, luego seguí con Lorenzaccio de Musset.
Pasaron los años, me imaginé un espacio donde pudiera concretar ese deseo de transitar esos autores, degustar sus textos, reconocerlos, ponerlos a disposición de otras miradas. Así surgió El Bardo. Aquello que empezó como una búsqueda personal, devino con el tiempo en una comunión de ideas. Esos otros que siempre encontramos en el camino cuando tenemos una pasión que nos moviliza.
Desde que adapté El jugador, hubo quienes también sintieron las ganas de animarse, y se animaron conformando el equipo El Bardo. Encontrándome cómodo en este rol, en el que continuo actualmente, puedo decir que en estos años de vida del equipo sigo cumpliendo.